No puedo encontrarte, si. No puedo alcanzarte. ¿Dónde estás? No te veo, hablame.
Seguí hablando, decime lo mucho que me amás. Dale vos podés, un poco más, el último esfuerzo.
Y ahí estaba. No era la que yo conocía, estaba deshojada y moribunda. No comprendía lo que pasaba a su alrededor y sólo se aferraba al sonido de mi voz. Me daba miedo mirarla a los ojos, ya no brillaban como solían hacerlo, parecía estar en otra dimensión. Ella era siempre tan vivaz y alegre, soñábamos con escaparnos juntas en su auto a cualquier lugar lejos de acá, una casa en la playa tal vez. Ahora parecía que todo lo que habíamos construído de repente de derrumbaba tan fácilmente. Pero yo no me iba a rendir, y ella tampoco, claro.
viernes, diciembre 18
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